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Leí hace poco a Robert Venturi, el arquitecto, y en medio de sus reflexiones me encontré con una definición de arte. Dice que reconoce el arte en el diseño de una ciudad o en un edificio, por la validez de las preguntas que plantea y la vivacidad del significado. Esta máxima tan contundente me sirve para escribir sobre el fracaso, una exposición que ante todo planteaba una pregunta válida, una pregunta sobre un sentimiento que hace parte de la dolorosa educación sentimental a la que hemos estado sometidos y de la ingenua creencia según la cual el hombre es como un héroe que debe dominar el caos.

Siguiendo a Venturi, era una exposición con una pregunta válida y además una muy viva relación con el significado porque exploraba distintos ejemplos de posibles fracasos y las historias demostraban que es un concepto discutible: Raymond Poulidor que llegó ocho veces de segundo en el Tour de Francia, Robert Falcon Scott y su “segundona” aventura en el polo sur y Peter Buckley eterno perdedor en el boxeo. De tantos que han muerto en el intento, Kevin Mancera escogió a dos “voladores”: Amelia Earhart y Adelir de Carli quien se perdió en un aparato elevado con globos de helio. Ejemplos de tenacidad eterna es la de William Miller y sus predicciones sobre la segunda venida de cristo y la de Lope de Aguirre y su errancia interminable. Una tenacidad genial que ronda con un deseo sin control y que deberíamos imitar es la de Florence Foster Jenkins quien, a pesar de su voz destemplada y de las burlas, se dedicó a cantar. A mí me pareció terrible el fracaso de Manuel Quintín Lame y su lucha por devolverle la tierra a los indígenas. No podía faltar la historia de la pobre niña rica, Christina Onasis, y la de los candidatos presidenciales de Colombia como Gabriel Arturo Goyeneche y sus exóticos proyectos. Y ejemplos de fracasos que lo son según desde dónde se miren, como el de Franz Kafka, quien a pesar de sus dudas sobre la pertinencia de sus escritos, se convirtió, él y su obra, en un éxito.

La exposición era un motivo para dibujar pero Mancera se preocupó por estructurar esta habilidad dentro de un plan, un tema, y también de inscribirla dentro de un interés enciclopédico. La empresa de Diderot y D’alambert en el siglo XVIII parece necesaria hoy en el sentido de ‘liberar’ las palabras de sus significados convencionales y buscar otras definiciones. Entonces para la exposición, Mancera se basó en retratos de la enciclopedia, del periódico o de la red, dibujados con plumilla o con lápiz. La exposición me recordó los retratos de Gerhard Richter el artista alemán. Me refiero a sus pinturas de personajes con nombres desconocidos que si uno se toma el trabajo de averiguar, resultan premios Nobel de química, economía y física, nombres de investigadores desconocidos cuyos descubrimientos han sido fundamentales para la vida cotidiana. Me recordó también los retratos de barbudos de Juan Mejía el artista colombiano, una fila de dibujos de personajes aparentemente escogidos sólo por su barba, pero en medio de los más conocidos como Freud o Marx, se traían a cuento escritores desconocidos para muchos y claves como Georges Perec o Raúl Gómez Jattin.

¿Por qué se ha vuelto vigente el dibujo después del imperio de la fotografía y el video? No sé. Me aventuro a decir que es vigente según el tema. Tal vez el dibujo por el dibujo todavía me da un poco de pereza, con perdón de los dibujantes; estimula ese asombro por la habilidad que a mí no me parece suficiente para el arte. El tema del fracaso tratado en dibujo es otra cosa: es dejar constancia de un absurdo educativo que hemos padecido y que hay que discutir; es volver a pasar y subrayar –con rayitas– el deseo de otros que no tiene sino el sentido o el sinsentido de su propio deseo.

Precisamente por buscar incidir en las definiciones que tenemos sobre las cosas y liberarlas, la exposición también presenta el dilema contemporáneo entre imagen y texto y su convivencia o su lucha. En esta exposición retratos e historias escritas son inseparables y convivían en el muro sin darle importancia a una o al otro. La imagen nos devolvía a los libros del colegio, a las enciclopedias, al periódico, al gesto, al lugar de origen del retratado, a la nitidez, al detalle del vestido y de las cosas, a las texturas y a los planos lejanos. El texto nos llevaba al horror del colegio con su castración de las ideas, al mundo de los diagnósticos, de las ambigüedades, de la psicología social y colectiva. Al mundo de la paradoja entre resultado y proceso, entre deseo y parálisis, entre plan y caos. El texto nos llevaba a nuestro propio mundo. Por eso me gustan tanto las exposiciones que terminan en mí y no en la galería. Es decir las exposiciones que me dejan pensando sobre mis problemas o los de los otros y que no sólo son una reflexión sobre la forma. Al salir de esta exposición me quedé pensando en el fracaso; no pude definirlo pero ¡que delicia mandar de vacaciones la necesidad de éxito!

Natalia Gutiérrez, ArtNexus.

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Una arrítmica soprano adinerada, un ciclista ocho veces evasor del primer lugar del Tour de Francia, un boxeador abatido 256 veces de 300 que disputó; todos ellos, se dieran cuenta o no, conocieron el fracaso de cerca, y sus fracasos nos permiten conocerlos. Pensar en el fracaso es generalmente aburrido, nadie busca alardear de sus fracasos, todos queremos vibrar con el triunfo. ¿Qué es fracasar? A nadie le importa lo que esto signifique, nadie quiere tener nada que ver con la desdeñosa frustración, vivimos aterrorizados con si quiera vislumbrarlo, solo que no percibimos sus coqueteos matutinos con nuestra naturaleza.

Kevin Mancera, aventurado, procura no evadir la profunda relación que guarda el fracaso con nuestra condición humana y en cambio, opta por explorarla de cerca, buscar en sus rincones, detenerse en sus detalles, preguntarle cosas. En la propuesta de Kevin no encontramos respuestas silenciadoras, ni formulas anti-fracaso, pero si se hacen evidentes las vacilaciones honestas y valientes. En sus retratos, la amabilidad y sensibilidad del trazo, hacen posible nuevos puntos de partida, diferentes ángulos para abordar el vedado tema del fracaso; son retratos de una cautivadora intensidad personal, con los que fácilmente uno se puede identificar. A estos doce retratos los acompaña un libro igualmente delicado, contenedor de los pensamientos de doce personas, que como usted y como yo, tienen una relación con el fracaso y son ejemplos de la pluralidad de lo que podemos siquiera percibir sobre su significado, son testimonios que se convierten en preguntas como: ¿Cuál es la raíz de nuestro miedo a fracasar?

En esta muestra en Nueveochenta Arte Contemporáneo, Kevin abre múltiples posibilidades para que usted pueda explorar sin terror, los alcances del fracaso. Es como un tipo de domesticación de la salvaje bestia de la que huimos, es una leve intuición de que los proyectos decididamente fracasados, son también una forma de reivindicación. Así, solo nos queda intentar.

Galería nueveochenta

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