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Los límites de la felicidad

“Contaba que los marineros que cruzaban el Atlántico se dejaban mensajes en un tablón de corcho de la entrada o esculpidos con una navaja en la pared cuando el corcho estaba ya
repleto, y cuyos destinatarios no eran los lugareños sino otros marineros que, sabían, pasarían por aquel bar de las Azores tarde o temprano, en ocasiones incluso años después”.
Agustín Fernández Mayo, Nocilla Lab

Acostumbrados como estamos a los lugares icónicos: a la Torre Eiffel, al Central Park, a Machu Pichu. Tan seguros de lo que vamos a ver en las fotos de los viajantes aún sin haber siquiera estado cerca de esos lugares; tan turistas que todos nos hemos convertido con los teléfonos inteligentes, tan seguros de las posiciones y los movimientos. Como un GPS anquilosamos las mitologías del viaje, las convertimos en otro Disney, en otra escenografía de cualquier lugar. Damos por sentado que el viajero es feliz en esos sitios. Sin embargo, la felicidad parece no estar en esos lugares comunes de ensueño, la felicidad, como nos lo muestra Kevin Mancera ni siquiera está en los lugares que ostentan ese nombre. La felicidad tal vez reside en poder escapar, en desaparecer y producir desde la desaparición nuevas arquitecturas de esos lugares. El mecanismo es sencillo: la experiencia vital del viaje, la esquizofrenia.
Por eso no es raro ver en las fotografías de Kevin lugares desolados, alejados del común denominador del viaje turístico lleno de aventuras y estructuras llamativas. Tampoco nos encontramos con la linealidad narrativa de un diario de viaje cuando vemos sus siete libretas de dibujo. Por el contrario, nos enfrentamos a una narrativa dispar, a una especie de collage de vivencias sin un orden establecido. Al lado de una frase de Martí, el revolucionario por excelencia, hay dos arcos de metal que parecen culebras, una frase en la pared, una bicicleta. Todo aquello conforma un nuevo espacio –con otras normas de recorrido– insospechado a los ojos de un turista promedio, insólito también para aquellos que nos quedamos y que tal vez llenos de clichés esperamos ver el ícono más que la experiencia.
La de Kevin Mancera es entonces una nueva mitología del viaje. Eso que reconstruimos desde la lejanía y de lo que no tenemos certeza; las claves y acertijos que el viajero nos envía desde ése otro tiempo en el que está sumergido. Para comprender ese tiempo, los espectadores tenemos que dislocarnos, reinventar y reconstruir con la fantasía, tal vez no hay otro camino cuando se trata de un rompecabezas tan complejo en el que las fichas no cazan del todo. Como el viajero, no comprendemos del todo y tampoco nos interesa, entonces nos damos la oportunidad por un momento de habitar.
No creo que Kevin haya encontrado la felicidad, lo que sí logró fue desaparecer, huir por un momento y entrar en el tiempo del viajero, porque como me dijo un día en su cuartico de dibujo: “lo importante es el viaje, lo demás son sólo excusas”.

Gabriel Mejía Abad

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Diálogo sobre la felicidad.

Alma Sarmiento (A.S):
Amigo,
En tu trabajo En Busca de la Felicidad (“peregrinaje” a territorios llamados “Felicidad”) has decidido hacerle frente a la felicidad como problema formal, que se puede concretar, que se puede encontrar en un mapa, en un territorio, específicamente en 13 lugares llamados “Felicidad” que localizaste en 8 países diferentes de América Latina. A estos lugares partiste con unas cuantas libretas, una cámara fotográfica y unos buenos libros. Las libretas las has llenado de dibujos y son, como me contaste en un mail “casi (…) seres autónomos, que crecen solas y yo sólo les doy una manito”. Eres entonces un peregrino que parte de lo virtual (mapas digitales) para llegar a lo real. ¿Cómo y por qué decidiste ir en busca de la felicidad de esta manera tan sentimentalmente cartográfica ?

Kevin Mancera (K.M): En el 2008 viajé por primera vez fuera del país, llegué a la ciudad de Buenos Aires con la esperanza de viajar más rápido que mis fantasmas. Pero la decepción fue inmediata porque aún en otro lugar éstos continuaban dentro de mí. Además comprendí que los viajes no tenían incluida la porción de felicidad que siempre me habían prometido. Todo lo contrario, estando lejos de casa, las cosas no eran necesariamente fáciles.
En una visita a la Biblioteca Nacional de Argentina, consulté la colección de atlas y en uno de ellos me encontré con un lugar (una mina) ubicado a 1100 km de Buenos Aires llamado La Felicidad. Armé una expedición a partir de la información que recibí vía mail del dueño de La Felicidad. Él me informó que ésta se encontraba ubicada cerca de la frontera con Chile, en un pequeño pueblo de 2.800 habitantes llamado Andacoyo. Nuevamente me encontré con un obstáculo. En esta ocasión se trataba de una pesada capa de nieve que bloqueaba la entrada a la zona de las minas. Mi encuentro quedó frustrado por sólo 3 km de carretera y un aviso de los bomberos de la región: si me aventuraba a caminar por esas zonas, ellos irían a buscarme sólo tres meses después, con la llegada de la primavera.
En este viaje surgió el proyecto que describes y es lo que ocupa mis días actualmente.

A.S: El encuentro con la felicidad se construye con un dibujo sobre un territorio, es una Felicidad que es territorio y que en el camino que arrastran tus pies (o en el camino que arrastra a tus pies), en tanto que se recorre, es una felicidad territorializada, “colonizada”, explorada, ¿esto es algo parecido a una utopía? Y, pregunta obvia ¿construyendo o recorriendo el territorio de la Felicidad has alcanzado la felicidad?

K.M: Desde que empezó el proyecto está presente la imposibilidad de encontrar la felicidad. Tratar de encontrar la felicidad como territorio se puede convertir en un último recurso. Los desplazamientos fueron largos y no fueron lugares de fácil acceso, lo cual hace más bella pero complicada la búsqueda. Por otro lado, el ritmo del viaje lo puso el dibujo: me quedaba en cada lugar lo que tardaba en completarse un dibujo.
Primero tenía que recorrer los lugares donde paraba. Y luego me ponía a dibujar algunas cosas que encontraba en el camino. Como soy lento a la hora de dibujar, permanecía normalmente tres días en cada una de las poblaciones. Y alrededor de una semana en las grandes ciudades. Hasta el momento he visitado cuatro países y he estado de cara a la felicidad en dos ocasiones.

A.S: A lo largo de los últimos años de distancias geográficas, hemos mantenido una juiciosa comunicación epistolar con algunas conversaciones por chat. Con asombro, verdadera felicidad y emoción nos hemos topado con impresionantes coincidencias, hasta el punto que he asumido esa concomitancia como una ley de nuestra amistad. Ahora, en esta ocasión, esa ley no ha fallado, pues cuando me propusiste este diálogo, estaba leyendo sobre una película que me gusta mucho, Sans Soleil (Sin Sol) de Chris Marker, donde esencialmente se habla de los viajes, de la felicidad, de la memoria. El comienzo de la película (en su versión francesa) abre con una frase de Racine que dice: “La lejanía de los países repara de alguna manera la gran proximidad de los tiempos” . Después de esto, aparece una imagen de tres niños caminando por una carretera en Islandia. La voz en off de una mujer cuenta que este lugar y esta imagen representan la imagen de la felicidad para Marker y que “él había tratado varias veces de asociarla a otras imágenes pero eso no había funcionado nunca. Él me escribía [dice la voz de la mujer]: ‘tocará que un día la ponga al principio de una película con un largo plano en negro. Si no se vio la felicidad en la imagen, al menos se verá el negro’ ”.
Es curioso que esta película se llame “Sin sol” y que comience con una imagen que representa la felicidad para Marker. Normalmente la felicidad se asocia justamente con la luz y con el sol (vacaciones playeras o girardoteñas ¿por ejemplo?).
Yo relaciono este comienzo de “Sin Sol” con este trabajo tuyo donde podría haber una lógica dialéctica, un encuentro de contrarios. ¿Cómo ha sido la “puesta en imagen”, a través del dibujo, de tu peregrinaje a las Felicidades? ¿Crees que la felicidad sí tiene una imagen, o se representa más con imágenes mentales o con recorridos geográficos?

K.M: Ha sido muy importante el estar registrando en las libretas mi recorrido, pues me ayuda a establecer una relación diferente con los lugares por donde he pasado. Me aleja de un registro automático y me acerca más a lo que cada lugar me ofrece. Si pensamos en una imagen de la felicidad, podemos ver cómo hoy en día, siempre se está pensando en un registro e inmediata publicación de imágenes que certifican nuestras celebraciones, viajes o demás. El proyecto se construye desde la otra orilla ya que se hace muy lentamente y en silencio, informando en breves correos sobre mi paradero.
Recuerdo a mi madre alarmada y preocupada porque el viaje sería por tierra, por las incomodidades y posibles riesgos. Cada una de las respuestas hacia sus inquietudes me aclaraba las intenciones de mi viaje. Le respondí que lo bonito de viajar por tierra era sentir la distancia, sentir que me alejaba y me acercaba, entender que se necesitaba tiempo para llegar a algún punto. También le hablé sobre lo irregular del territorio, y que no tenía claro realmente con qué me encontraría ni qué obstáculos tendría que resolver.

A.S: Una de las enseñanzas que Amalfitano, profesor de literatura, le dejó a sus alumnos fue que “(…) lo más importante del mundo era leer y viajar, tal vez la misma cosa, sin detenerse nunca. Que al cabo de las lecturas los escritores salían del alma de las piedras, que era donde vivían después de muertos, y se instalaban en el alma de los lectores como en una prisión mullida, pero que después esa prisión se ensanchaba o explotaba. (…) Que la principal enseñanza de la literatura era la valentía, una valentía rara, como un pozo de piedra en medio de un paisaje lacustre, una valentía semejante a un torbellino y a un espejo. Que no era más cómodo leer que escribir. Que leyendo se aprendía a dudar y a recordar. Que la memoria era el amor ”.
¿Cómo fue la compañía de los libros en tu viaje?

K.M: Desde que mi tío Selnich armó una biblioteca comunitaria con sus compañeros de universidad en casa de mi abuela, hasta hoy en día en el que estoy trabajando con Andreita en nuestro proyecto familiar que es Jardín Publicaciones, siempre han sido importantes los libros en mi vida. Y disfruto tanto de la lectura como lo hago con el dibujo. De casa partí con la Montaña mágica de Thomas Mann, y en el camino se fueron sumando varios libros, uno sobre otro en mi equipaje, ya que tenía mucho tiempo libre y pocas ganas de iniciar charlas en los hostales donde me hospedaba.

A.S: Con respecto a esto que dices del tiempo libre, aprovecho y vuelvo a la película Sans Soleil y hago la última pregunta. Al principio de la película nos cuentan también que a Marker, luego dar muchas vueltas por el mundo, sólo le interesa la banalidad. Enseguida nos explican que él opone el tiempo africano al europeo y también al tiempo asiático. Para él la humanidad saldó las cuentas con el espacio en el siglo XIX y lo que está en juego en el siglo XX es la cohabitación de los tiempos. ¿Cómo son los diferentes tiempos de las Felicidades latinoamericanas? ¿Y crees, como Racine, que “La lejanía de los países repara de alguna manera la gran proximidad de los tiempos”?

K.M: Fuck the clock! Ese fue uno de los temas que abordamos tú y yo en nuestra correspondencia durante el viaje, y en realidad, sin proponérmelo, mi relación con el tiempo cambió drásticamente desde el momento en que ya no tenía bajo mi control los horarios. Se me desbarató cualquier cronograma que tuviera en mente. Lo único que podía hacer era dejarme llevar e ir adaptándome a lo que el camino me ofrecía. A medida que me fui alejando de casa sí sentía una relación diferente de las personas con el tiempo, pero como el desplazamiento era lento y trataba de recorrer pequeñas distancias entre un punto y otro, los cambios no fueron muy bruscos. Se puede decir que como latinoamericanos tenemos una relación diferente con el tiempo respecto a los europeos, por ejemplo. En Europa los trenes salen a tiempo, acá nos tomamos la libertad de esperar horas un tren y no hay problema. Los retrasos no son una novedad, muchas cosas por el estilo se repitieron una y otra vez durante mi viaje. Para finalizar, te podría decir que la distancia me acercó mucho más a las cosas con las que convivía y también a las personas que viven lejos y con las que cada día valoro más poder tener una correspondencia, como la que permitió que este diálogo se diera.

Saludos,
El amigo.

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