Todos odiamos a Kevin Mancera. Porque en muchas circunstancias es insoportable. Cuando se emborracha y se convierte en una especie de chimpancé. Cuando sin motivo aparente deja de reírse para ponerse sombrío. Cuando usa las palabras como navajas para chuzar al otro. Cuando llama de madrugada para jugarnos una broma pesada o para hacer un chiste idiota. Sin embargo, cuando más odiamos a Kevin Mancera es cuando vemos sus dibujos y no podemos entender cómo este chimpancé sombrío e hiriente puede arrancarnos lágrimas con un pajarito hecho en prismacolor sobre papel mantequilla, o cómo puede dedicar uno o más días a la elaboración de un dibujo perfecto en lápiz en el que consigna con vehemencia que odia que le pongan hielo a su coca-cola.

Y es que en un contexto de conformidad, conveniencia y buenas maneras, en el que todos transitamos como drogados con ativan, la sola presencia de Kevin ya nos pone los pelos de punta. Porque no sabemos cómo lidiar con esa dinámica interna por la cual, sin mediación, Mancera es capaz de responder coherentemente a dos estímulos contradictorios puestos en escena simultáneamente. ¿Cómo saber si es odio o amor lo que profesa quien odia amorosamente, cuidando uno a uno los detalles de su odio para representarlo con justicia y dignidad? ¿Cómo responder a ese afecto violento e intempestivo que nos ataca por la espalda y nos dice a golpes que somos amados?

Si hablo de Kevin y no de sus dibujos es porque resulta imposible separar aquí a uno de los otros. A diferencia de esos profesionales del lápiz que pueden delinear fachadas de edificios institucionales y luego ir en pos de cinta masking o cajas de cartón para terminar haciendo bolas de nieve de papel rasgado tal cual Peter Callesen, el trabajo de Mancera siempre está vinculado a una profunda preocupación afectiva. Sus dibujos nacen en las zonas más áridas de su paisaje emocional y sin embargo se materializan en representaciones cálidas y llenas de matices interpretativos capaces de comunicar sentimientos entremezclados y no siempre dignos de mencionar.

Y no es que se trate de una reencarnación de ese artista kandinskiano que desde una perspectiva privilegiada señala al mundo una realidad desconocida y ajena a la razón o un abismo emocional sin precedentes. Porque Mancera no es de modo alguno el Kaspar David Friedrich de turno apabullado por el entorno. En sus dibujos la tristeza, la pequeñez, la desazón y el odio son siempre activos y en muchos, es él quien se muestra como victimario o responsable directo de las situaciones que representa.

Mancera, como una especie de Céline, es candidato perfecto a la censura, el odio y la sentencia de muerte propinada por esas instituciones de consenso para quienes la inocuidad del artista es la condición necesaria de todo homenaje y aceptación. Y por ello, en un país intolerante que ni siquiera respeta el derecho al odio, más que perdonarlo o absolverlo, debemos, con vergüenza, pedirle perdón.

Paquita la del Barrio, Bogotá, abril de 2007

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Hay dos personas con destreza en el dibujo y con la certeza de que esta técnica es una excelente herramienta de expresión, incluso conocen sus implicaciones como medio formal. Una de ellas es un caricaturista afamado, que tiene afectos encontrados respecto a la imagen pública que transmite un presidente con intenciones mesiánicas en un país dispuesto a soportar cualquier exceso con la esperanza de que su situación se modifique de algún modo. La otra persona es un artista semidesconocido, vinculado aun con una academia de arte y bastante suspicaz sobre la formación que adquirió durante sus estudios. Como el dibujante inicial, esta persona también odia a ese mismo presidente y en consecuencia, quiere hacer un dibujo. Aquí es posible pensar que ambos sujetos se ubican en el mismo lugar: saben dibujar, tienen una idea clara sobre el tema que van a tratar y no están interesados por imponer ninguna innovación formal en la elaboración de su imagen: ambos realizarán un dibujo a lápiz sobre una superficie neutra.

Sin embargo, cuando se compara el resultado de cada trabajo, las dos imágenes se separan gracias a la diferencia del tipo de mensaje que transmiten al espectador. Mientras el caricaturista busca una garantía en la interpretación eficaz y rápida de su trabajo, al artista le resulta mucho más significativo hacer un retrato ideal y adecuadamente informado del sujeto representado. De hecho no agrede sus rasgos y evita interpretar su psicología. Su dibujo es más una estampa solemne de un hombre maduro, que mira sin sonreír. Que no habla, ni se incrimina, que aparece embellecido casi hasta el homenaje. Aparentemente, el sentimiento de odio parece haberse diluido aquí en una actitud de adoración por el tema. Al contrario de lo que sucede con el dibujo del caricaturista, este retrato difícilmente podría ilustrar un artículo dirigido a atacar a ese presidente; parece más la escena central de un documental hagiográfico.

La serie de dibujos que Kevin Simón Mancera ha reunido bajo el título “100 cosas que odio” es una recopilación que parece no querer dejar lugar a dudas. La exhibición de cada dibujo, su recopilación en libro, la producción de delicadas escenas a lápiz, la dependencia explícita entre texto e imagen que predomina en toda la obra y la selección de cada ilustración, configuran una serie de decisiones aparentemente afortunadas. En realidad, al tratarse de cosas que alguien odia, fácilmente podría pensarse en que como motivo de reflexión, su compendio es una campaña publicitaria perfecta. Sin embargo, esta apreciación no se resuelve tomando las vías habituales para abordar el asunto: corrientemente, respecto a lo que se odia se suelen dar comportamientos de burla o rechazo. En el caso de Kevin Mancera la resolución de su obra se da más a través de una elaboración pausada, que desplaza y vuelve inútil la atención hacia la técnica elegida o el tema expuesto. Al explotar la ambigüedad presente entre el desprecio y el agasajo, no sólo pone al observador ante la disyuntiva de apreciar la ejecución de cada viñeta o pensar en la asociación entre tema e imagen de ilustración. Mediante la exhibición de un dispendioso ejercicio de copiado e imitación, de observación e interpretación, promueve descripciones que se escabullen de la anécdota fácil y ubica al espectador entre la molestia y la satisfacción. En realidad, y aunque su odio parece justificado en algunos casos, evita importunar con el reclamo por una identificación inmediata. Más bien enseña -como todo buen artista (que siempre enseña algo)-, que una buena práctica de odio consiste en seleccionar atinadamente cada motivo, porque tal vez éste dure toda la vida y lo mejor sea conocer y realzar cada uno de sus detalles.

Guillermo Vanegas, 100 cosas para odiar

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